San Carlos, 25 de enero de 2001 Se le hace un llamado al Sr. presidente Hugo Chávez Frías ya que los Dignificados de Vargas que están en la urbanización La Acequia se encuentran de mal en peor.

Nos sentimos agraviados ya que pasamos de una tragedia y entramos a otra, la cual estamos viviendo en carne propia.

Necesitamos unas viviendas dignas ya que las casas de la urbanización no tienen las condiciones necesarias para ser habitadas.

La urbanización La Acequia presenta muchísimos problemas, los cuales son, entre otros, no tiene desagüe de aguas negras ni blancas, las cloacas están tapadas y se forman pozos de agua negra en los cuales se forman las larvas de los insectos infectados.

Para completar, hay lagunas que despiden olores putrefactos que son insoportables, son pozos sépticos al descubierto y las viviendas presentan grietas.

La salud está en constante riesgo, ya que se ha propagado todo tipo de epidemia, por las plagas y otro tipo de insecto, los cuales han infectado a varios niños y adultos que presentan un cuadro de llagas demasiado avanzado, y lo más triste del caso es que vino la Sanidad y le pedimos una solución porque este sector no está habitable.

También se le manifestó el problema al gobierno nacional y regional del estado Cojedes que nos dé una solución al problema del desempleo, no sólo para comunidad sino para todas las personas en general que habitan en este estado.

No hemos tenido una respuesta concreta. La bolsa de comida que se entrega a cada familia de la urbanización La Acequia viene incompleta y para completar nos informaron que esta entrega fue la última.

Para finalizar se le hace un llamado al Comandante de la Guarnición y al FUS a que tome cartas en el asunto, ya que nos sentimos olvidados.

Sin más que agregar, les pedimos a las autoridades y organismos competentes su valiosa atención y colaboración a estas familias dignificadas de la Urb.

Con suma urgencia le pedimos su AYUDA.

DIGNIFICADOS DE LA URBANIZACIÓN LA ACEQUIA.

La carta, dirigida directamente al presidente Chávez, está acompañada de un expediente constituido por diferentes recortes de la prensa local en los que se denuncia la situación descrita y un informe elaborado por un médico, el jefe del distrito sanitario de la ciudad de San Carlos. El informe también está acompañado de las firmas de noventa y cuatro jefes de familia. Declaran los firmantes que provienen de los refugios Fuerte Tiuna y del Centro de Dignidad Simón Bolívar, y exigen que se les «reubique» de la urbanización La Acequia, en donde viven desde hace un mes y medio.

Escogí este documento por la presencia de dos elementos fundamentales que sirven para entender la subjetivación política de los damnificados y sus límites. El primero es que la carta se inscribe en un registro de súplica dirigida a un soberano. La súplica se ha consolidado como una práctica cotidiana para dirigirse a los altos funcionarios del gobierno venezolano. Los «papelitos» que le hacen llegar al presidente los asistentes a los actos públicos para solicitar diligencia y ayuda para solventar problemas derivados de la ineficacia de las instituciones están frecuentemente escritos en un registro de súplica.

Las llamadas telefónicas, transmitidas en directo, que recibía el presidente de parte de sus oyentes del programa Aló, Presidente durante los primeros años de su salida al aire, eran súplicas en vivo. En ocasiones eran desgarradoras y desbordadas en emoción, lo que generó, sin duda que se eliminaran de la emisión y se prefirieran los invitados especiales al programa. En todo caso, otras súplicas, formuladas por los damnificados en otros contextos, serán analizadas más detenidamente en el último capítulo de este libro. Retengamos por ahora que, en este documento en particular, el ruego se estructura a partir de una temporalidad larga. La narración se formula como una sucesión de desdichas. El argumento de pasar «de una tragedia a otra» es particularmente significativo porque se trata de una enumeración implícita de desgracias que coloca en el mismo plano a la situación actual de abandono social e institucional y a la catástrofe y la destrucción de la antigua vivienda.

El segundo elemento es la manera de recordarle al Presidente la promesa incumplida. La exposición remite a la espera del nuevo orden social tan anunciado por la revolución, del que los dignificados esperaban ser pioneros. Así, la gran promesa incumplida de un orden social justo tiene en la carta expresiones locales, pequeñas, como el incumplimiento de los empleos del Plan Bolívar 2000, las fallas y la próxima desaparición de la distribución de comida. Al identificarse como «dignificados», los signatarios buscan una manera de hacer eco con la promesa incumplida de la reconstitución del orden moral nacional, del cual la dignificación sería el primer paso.

En una carta manuscrita que acompaña el dossier, los signatarios hacen también una denuncia velada a prácticas de corrupción que serían según ellos la causa del pésimo estado de las construcciones y de la infraestructura de la urbanización. La denuncia está formulada en un registro de advertencia al Presidente, es decir, la denuncia es alertar a Hugo Chávez sobre una situación que él desconocería: Vivimos en condiciones infrahumanas. Nos están jugando sucio a nosotros los dignificados de Vargas. No queremos corrupción.

Examinemos estas cartas bajo el prisma de dos elementos analíticos, el primero filosófico y el segundo antropológico. El filósofo francés Jacques Rancière (2004: 121) ha introducido una distinción en el debate actual sobre la democracia muy pertinente para pensar este problema. Rancière constata que el orden político es esencialmente distinto del orden policial y sin embargo ambos conviven en la esfera pública. Si partimos de esta distinción, la respuesta institucional a los reclamos de los dignificados pertenece al orden policial. Las instituciones de la dignificación situaban permanentemente los reclamos y las demandas de intervención en la esfera privada mientras que para los damnificados se trata de un reclamo político. La particularidad del caso es que la caja de resonancia de la polarización política distorsiona la toma de palabra de los damnificados, quienes no pretenden, e incluso temen, acceder al espacio público saturado por la polarización y correr el riesgo de ser identificados con la oposición. Prefieren con su discurso advertir al soberano de las derivas de las instituciones que debería controlar, lo cual explica el registro extremadamente prudente de la carta.

Vemos pues que estamos ante un problema de construcción de realidades por parte de las instituciones. En su libro ¿Cómo piensan las instituciones?, la antropóloga inglesa Mary Douglas (1999: 81) muestra cómo las instituciones confieren identidad a los sujetos que se dirigen a ellas, involucrados en su actividad y su burocracia. Así, los parámetros de la «buena vida» de los pobres no estaban sólo en los cuarteles, sino en los discursos, las planillas, los informes que circulaban dentro y fuera de la institución, tanto en los medios como en las conversaciones de la vida cotidiana. El hecho de que los damnificados hayan sido catalogados por la institución como «desertores» de la dignificación hizo que ni la sociedad ni el gobierno aceptaran que vendieran o alquilaran las nuevas casas. Querer volver a venir la ciudad y querer negociar con un regalo producto de la buena voluntad conllevaría a una contaminación moral de los que ya habían sido catalogados de dignificados. Es la condena a los pobres que no tienen derecho a mercadear con la ayuda que se les otorga. Esto me recuerda el asombro y la condena del mundo occidental al constatar que en los mercados de Kabul se vendían las bolsas y raciones de comida que lanzaban los aviones de