Caracas, 6 de noviembre de 2002 Apreciado: General García Carneiro Quien le suscribe: Leidis Gutiérrez, hija de la Sra. Lina Pérez Mi madre se encuentra ubicada en el Refugio Aquiles Nazoa en calidad de damnificada. Me enteré de que usted dio una reunión en el refugio para hablarles de las viviendas que les iban a ser asignadas.
Para ese momento mi madre no se encontraba en el refugio ya que se encontraba en Cuba en re habilitación de un infarto cerebral del cual padecía a raíz de la tragedia ocurrida en Vargas (escrito a mano sobre la palabra La Guaira) en el año 99, mi madre tiene ocho hijos de los cuales cinco son menores, unos niños que en estos momentos no están con ella en el refugio sino que por el contrario se encuentran de un lado a otro esperando la estabilidad de nuestra madre, yo no los puedo tener ya que vivo alquilada en una habitación.
Mi madre no posee ningún tipo de recursos ya que antes de dicho problema trabajaba por su cuenta en la costura, trabajo que sólo le daba para vivir día a día, cabe señalar que nuestros familiares son personas de escasos recursos y yo no poseo ningún tipo de empleo para estos momentos, o si no con el mayor de los gustos ayudaría a mi madre para hacer los pagos de su vivienda, la cual necesita con urgencia ya que estos niños están sin estudios debido a la inestabilidad que viven día a día.
Mi madre estuvo desaparecida durante un año y medio después de la Tragedia, tiempo en el cual la dimos por muerta, ella dice que para ese tiempo no tenía ningún tipo de conciencia que no recordaba nada de su vida y todo eso por motivo de su enfermedad.
En su idioma y con su astucia, ¡no sé cómo!, pero ella pudo hablar directamente con el Sr. Presidente, el cual le dio una orden presidencial para su rehabilitación en Cuba; para que fuese ubicada hasta que le diera una vivienda en el refugio Aquiles Nazoa. Hasta donde tengo entendido, pero no tengo ningún papel que lo compruebe porque yo hablé con mi madre después de su entrevista con el Presidente, pero la vivienda que ella recibirá para ella y sus menores será costeada por el gobierno.
Es entendible que todas las personas necesitemos una vivienda, pero no creo exagerar cuando digo que la señora Lina y sus hijos son una de las familias que más la necesitan; estos son unos niños que no tienen madre desde hace tres años, que han carecido de todo lo bueno que pueda tener un niño en esta vida, prácticamente aún están huérfanos, ya que de igual manera no han podido estar con nuestra madre gracias a todos los factores de economía, vivienda y salud que rodean a mi madre.
Tengo entendido que usted es la persona encargada de reubicar a estos damnificados.
Hoy, 6 de noviembre de 2002, le ruego como sólo se lo rogaría a Dios su pronta ayuda para mi madre y mis hermanos de los cuales se está apoderando la miseria y el analfabetismo.
Se lo pide alguien que también es un bebé de siete meses y que está segura de usted también es padre y como padre al fin desea todo lo mejor del mundo para su familia.
Sea usted la bendición de un hogar venezolano de unos niños que merecen unas Navidades junto al ser que les dio la vida.
Muchísimas gracias de antemano. Se despide con la mayor de las fe.
Atentamente, Leidis Gutiérrez La carta está dirigida al general Jorge García Carneiro, quien en ese momento ocupaba el cargo de comandante de la Guarnición de Caracas y que luego ejercería los cargos de ministro de la Defensa y de Participación Popular y Desarrollo Social<sup class="fn-ref"><a href="../../notas/notas.html#fn-93" id="ref-93">93</a></sup>. Si la colocamos en el repertorio de prácticas comunicativas entre el presidente Chávez y los ciudadanos que han proliferado desde 1998, la carta responde a una formalización de los «papelitos»: mensajes dirigidos directamente al Presidente para contarle un problema y solicitarle ayuda y que él recibía directamente de los necesitados que se aglomeran cada vez saben que éste va a hacer una visita o aparición pública<sup class="fn-ref"><a href="../../notas/notas.html#fn-94" id="ref-94">94</a></sup>.
Veamos el contexto en que fue escrita esta carta, cuya copia me facilitó la propia Lina en agosto de 2004, a casi dos años de su redacción. En ese momento, ella se encontraba completamente aislada de las instituciones que esporádicamente visitaban el refugio (FUS y algunos efectivos de la Guardia Nacional). Sus problemas neurológicos le habían ocasionado una fuerte deficiencia de lenguaje así como una parálisis de su brazo izquierdo por lo que nos comunicábamos por signos y gestos. Tenía en ese momento un bebé de nueve meses y me manifestaba estar muy asustada de que «la Lopna se lo quitara». El niño estaba en perfecta salud y era muy hermoso, lo cual hacía que, según ella, «se lo envidiaran». Desafortunadamente nunca pude entrevistar a la autora de la carta, a su hija mayor. Lina se encontraba en una situación dramática, aislada familiar e institucionalmente y con limitaciones de lenguaje. Su tratamiento esporádico en Cuba después de la Tragedia era invisible porque no había quedado ninguna huella institucional que sirva de prueba de los cuidados que le dispensaron en ese momento. Me fue imposible verificar si tal estadía en Cuba había sido cierta. Lo que si saltaba a la vista en el año 2004 era que Lina había llegado a un estado extremo de aislamiento y soledad, que se había resignado a sobrevivir con un hijo de meses y que su único objetivo era que la persona que sustituiría a Rodríguez, designada por el FUS, no «la cogiera con ella» o que «le mandara a quitar el niño con la Lopna». También tenía la esperanza de que le proporcionaran de nuevo la leche, la avena y la harina de maíz precocida si los funcionarios del FUS aparecían de nuevo.
Lina me había dado la carta que su hija había intentado hacerle llegar a Jorge García Carneiro dos años atrás, con la esperanza de que llegara a buen destino o que al menos su historia se conociera. En su caso particular, el hecho de haber sido clasificada «caso de salud» le otorgó sólo –o al menos, diría María– una habitación en el refugio de Caricuao. Quizás no pudo llegar más lejos en sus demandas institucionales a causa de sus propias limitaciones físicas y mentales. En todo caso, Lina sabía que ya no era objeto de piedad.
En la narración de la experiencia de su madre, Leidis intenta constituirla como el emblema del sufrimiento legítimo, damnificada sobreviviente cuyas secuelas fueron tratadas en Cuba en el marco de un programa de viajes terapéuticos que precedió a la Misión Barrio Adentro. La existencia de tal tratamiento nunca pude verificarla porque ni ellas ni sus familiares disponían de historia médica o de algún documento que hiciera constancia. Es por ello que su relato trata de colocar en el mismo nivel tanto a la enfermedad y a sus síntomas como a la promesa incumplida de una nueva vivienda sin tener que honrar los compromisos de pago. Estamos entonces ante una estrategia retórica en la que se intenta, por todos los medios, de presentar el caso de una manera convincente a los ojos de un soberano, percibido como aquel que tiene el poder de decidirlo todo. La invocación final a Dios y a la fe remite a una forma clásica de súplica que ya hemos analizado en un páginas anteriores, como asegurándose de que por este medio no se entienda que se está exigiendo la indemnización que en principio se creyó que era un derecho.
El tiempo había jugado en contra a Lina. Su condición de miseria minaba además su esperanza de reconocimiento institucional; su incapacidad de comunicar verbalmente una historia cronológicamente compleja, llena de detalles sin verificación posible hacía que las cualidades que una vez tuvo para ser escuchada se diluyeran inexorablemente. El caso de Lina refleja las consecuencias últimas de una individualización extrema. Individualización que no obedece al individualismo del sujeto liberal moderno sino al pauperismo –el deterioro de los lazos y vínculos sociales y humanos fundamentales– sobre el que se erigen muchas de las políticas sociales de la Revolución bolivariana.