Para la sociedad venezolana, la Tragedia es un acontecimiento que se erige como un gran «drama social», en el sentido que le otorga al término Víctor Turner (1972, 1974): la sociedad le confirió a la catástrofe el valor de una crisis de carácter público, un momento de ruptura y, por lo tanto, de revelación de conflictos. Además, el drama social que significó la Tragedia hizo aparecer nuevos rituales y formas ritualizadas sustentadas en sistemas de comunicación y de intercambio simbólico que reordenaron el mundo político y social. Rituales y formas ritualizadas que fueron creadas y promovidas desde el Estado: condecoraciones para quienes habían participado en el salvamento, actos de conmemoración, inauguraciones de nuevos urbanismos, entregas de llaves de nuevas viviendas, etcétera. Sólo por poner un ejemplo, que será detallado posteriormente, el salvamento de los damnificados fue motivo de representaciones oficiales en el año 2000. En el desfile militar del 5 de julio, día de fiesta nacional en el que se conmemora la firma del acta de la Independencia en 1811, hubo carrozas alegóricas al deslave y actores simularon ser damnificados mientras que los militares reproducían el rescate ante el público. Así, la Tragedia abrió espacios para que se estableciera una nueva relación entre las instituciones estatales y los ciudadanos, damnificados en este caso, relación que será, como se mostrará a lo largo de estas páginas, emblemática del régimen político que gobierna en Venezuela hasta hoy.
La Tragedia provocó una apropiación burocrática de la desgracia, como lo señalara la antropóloga india Veena Das (1995) a propósito del tratamiento social y político de las víctimas de la terrible catástrofe industrial de Bhopal<sup class="fn-ref"><a href="../../notas/notas.html#fn-1" id="ref-1">1</a></sup>. Se engendra en estos casos una relación particular, sustentada en el sufrimiento de las víctimas, con los cuadros administrativos. La burocracia, la ley, la medicina y la religión constituyen los cuadros institucionales que determinan, en gran parte, el sentido de la experiencia humana del dolor físico, de la pérdida personal e incluso de la agonía en las sociedades sometidas a situaciones extremas. Es decir, para entender una catástrofe es tan importante el estudio de los «riesgos», de la «vulnerabilidad», del «síndrome de estrés postraumático», como el de los patrones de formulación y ejecución de políticas sociales, pero también de los esquemas valorativos y morales que guían a las instituciones en lo concerniente a la rehabilitación y la indemnización de las víctimas. Así, lo que he llamado la «gestión de los damnificados» es, en efecto, necesariamente política. Muchos piensan ilusoriamente aprehender el sufrimiento cuando los sujetos cuentan la historia de su vida o de su experiencia. No se dan cuenta de que al contar esas historias, los sujetos aportan una versión relacional de las cosas en la que denuncian, manifiestan su descontento, reclaman un derecho y una forma particular de existir. Por lo tanto, durante mis entrevistas a los damnificados de la Tragedia, la subjetivación a la cual quise tener acceso fue la política.
En el caso de la Tragedia, los damnificados se volvieron sujetos políticos porque el presidente Hugo Chávez hizo suyo su sufrimiento a través de una astuta identificación retórica de las víctimas de la Tragedia con los males que afectan a todos los pobres del país. Esta apropiación política del sufrimiento ocasionado por una catástrofe no es original ni única del Presidente venezolano, sino que constituye más bien una constante del mundo contemporáneo en el que la compasión es un motor fundamental de la acción política. La originalidad del presidente Chávez es que su apropiación política del sufrimiento de las víctimas de la Tragedia se inscribió también en el antes y el después de su llegada al poder y de la puesta en marcha de su proyecto de transformación. Al decir públicamente «damnificados somos todos», Hugo Chávez construyó la Tragedia como un signo revelador de la negligencia de los poderes públicos de los gobiernos anteriores, la llamada Cuarta República. A partir de esta identificación entre la catástrofe y el régimen anterior, la gestión de la población damnificada produjo nuevas figuras del sujeto político, siendo la más significativa la de los «dignificados». El presidente Chávez propuso, en su emisión radial Aló, Presidente, llamar dignificados a las víctimas de la Tragedia que fueran asistidas por el Estado. Al crear ese término perseguía la restitución de la dignidad perdida, inherente a la etimología de la palabra «damnificado», del latín damnun y de donde también se deriva condenar. El Presidente señaló en su programa radiofónico que damnificado es una «palabra muy fea», y propuso un neologismo basado en la dignidad.
Ese acto de creatividad léxica tuvo una traducción práctica inmediata que marcó la puesta en marcha, la ejecución y la vivencia misma de las políticas de asistencia. La nueva calificación de las víctimas de la catástrofe es, antes que nada, la formulación de una promesa: la de la dignidad materializada en un nuevo trato, en una nueva consideración, que a su vez inaugura los mejores tiempos que anuncia la Revolución bolivariana.
El sentido de la «dignificación» se inserta entonces en un proyecto político de recuperación social que busca redefinir la identidad nacional, y que le atribuye un nuevo rol a las familias socialmente desfavorecidas que recibirán asistencia. La serie de actos de lenguaje y de disposiciones políticas que acompañaron a la dignificación le imprimió una forma particular a la experiencia de los asistidos y beneficiarios del llamado «plan de dignificación de la familia venezolana». La promesa de dignificación de los damnificados constituye un ejemplo paradigmático de lo que desde la antropología de las políticas sociales podría calificarse de una apropiación burocrática y política del sufrimiento, proceso que en el caso venezolano se realizó en diferentes ámbitos del Estado, desde donde se erigía la dignidad como un valor a ser restablecido por vía de la acción política y militar.
La catástrofe es el prisma que descompone la reconfiguración del cuerpo político venezolano ocurrida en el momento histórico bolivariano. Entender lo que significó la dignificación apunta a